Muros que respiran

/ Junio 2016

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Del proyecto diseñado al espacio habitado. A través de decisiones como la relación con su barrio y el elemento verde, el Edificio Madreselva construye una dinámica que sus ocupantes completan en el día a día.

El edificio sería el nuevo vecino del barrio barranquino, que resalta no solo por su novedad o su altura sino también por su juventud en una zona con larga historia. Y fue justamente esa historia lo que atrajo al estudio Vicca Verde. Las cuadras limitadas por las avenidas Grau y Piérola, la Vía Expresa y la bajada a la Costa Verde forman un cuadrante que, a fines del siglo XVIII, era conocido como "el pampón", y que albergaba ocasionales carpas de circo. A principios del siguiente siglo, se lotizó para convertirse en hogar de los trabajadores del tranvía y sus familias. Así lo explica Horacio Goitre, arquitecto de Vicca Verde. "Esta es una sección de Barranco poco mirada, pero hemos descubierto cosas muy interesantes: su historia, sus vecinos y el potencial de su estructura", explica, y da cuenta de "una tipología de casa antigua muy bonita", de quintas, de su mercado. De vida de barrio.

En ese contexto se piensa el edificio Madreselva. "Por ser uno de nuestros primeros emprendimientos como desarrolladores, y no solo como arquitectos, este proyecto tenía que incorporar valores muy importantes", continúa Goitre, quien fue jefe del proyecto. El edificio debía insertarse en su entorno y reconocer su dinámica cálida e íntima; por otro lado, no podía desconocer la historia reflejada en las casonas adyacentes, pero tampoco podía ocultar su estilo de vida contemporáneo. "No tiene sentido hacer un edificio que sea la réplica de una casona", reflexiona el arquitecto. "Quisimos un edificio sencillo en su aspecto, que no fuese ostentoso y que sí fuese honesto con sus materiales", dice al referirse al concreto expuesto de acabado rústico y fierro galvanizado, de bajo mantenimiento. Pero esa aparente sencillez se desarrolla bajo un potente elemento verde que se impone en el entorno: la serie de jardineras (a manera de balcones) cubiertas por listones de woodplastic (polvo de madera reforestada con plástico reciclado) y devoradas por salvajes madreselvas. Ese elemento verde hace referencia a los árboles de la casa original, sobre la que se construyó el edificio. Y es la decisión que acaba definiendo la vida en el edificio. Literalmente.

Estilo de vida

El proyecto se desarrolla en un bloque delantero y otro trasero. El área libre se concentra en un patio central, una placita interna con árboles y bancas. Esta se comunica con los corredores y genera encuentros en el tránsito de los habitantes. Además, fue parte de una propuesta que buscaba integrar el interior con la ciudad. Para los arquitectos, era interesante observar cómo se desarrollaban y ponían en práctica las dinámicas propuestas, conforme los propietarios iban ocupando los departamentos.

Una de las propietarias tiene un vínculo sentimental con el espacio. La casa original, sobre la que se construyó el edificio, era de su familia. Para esta artista plástica, que trabaja desde el departamento, el espacio ha influido en su creación:

"Tengo una relación muy íntima con mi balcón y las plantas", explica. "Y, después de un año, lo que más me gusta sigue siendo despertar y ver esa cortina verde, de plantas, de naturaleza". Para otra de las propietarias, la coexistencia con su entorno es decisiva en su espacio vital y, por eso, aprecia decisiones del proyecto como el sistema de reciclaje de agua y los grandes espacios en las escaleras, que procuran luz natural y no eléctrica. "Vivo sola y respeto mucho mi privacidad y mis espacio de abstracción, por eso este entorno me favorece", reflexiona. Quizá inspirada por el barrio, ha optado por mobiliario y objetos "con carácter e historia detrás", e intervino su departamento con arte.

El fotógrafo Per-Tomas Kjaervik tuvo el encargo de hacer un registro gráfico particular, que no se preocupara solo de la arquitectura sino también de capturar los estilos de vida convocados. "Traté de no hacer styling ni intervenir el espacio", explica el fotógrafo. Dejó las puertas de los clósets abiertas, la tapa de algún recipiente olvidada sobre la mesa del comedor. Además de arquitectónicas, sus imágenes tienen algo de documentales. "El resultado es bonito, pero también es real", dice Kjaervik. Retrata cómo el edificio, una vez terminado, recién empieza su vida. Porque los habitantes van haciéndose del espacio. Así como lo hace, afuera, la madreselva. •

POR REBECA VAISMAN 

 Fotos de Per-Tomas Kjaervik

FUENTE: REVISTA CASAS 234